No hay que ir muy lejos para encontrarse con una historia de abuso digital: alguien que revisa el celular de su pareja mientras duerme, que exige las contraseñas de todas sus redes sociales, que se conecta desde otro perfil para ver si su pareja está en línea, o que le escribe a sus contactos fingiendo ser ella o él. La violencia en las relaciones ya no es solo física o verbal. También se da en el Wi-Fi.
Un nuevo estudio publicado en Evolutionary Psychology ofrece una mirada directa —y necesaria— a este fenómeno creciente: el abuso digital en el noviazgo. ¿Por qué algunas personas lo ejercen? La respuesta, según los autores, está en dos factores clave: cuán competitivos se sienten frente a posibles rivales románticos del mismo sexo (lo que se conoce como competencia intra-sexual) y cuán poco amables, empáticos o cooperativos son (es decir, qué tan bajo puntúan en amabilidad, uno de los cinco grandes rasgos de personalidad).
El trabajo, liderado por Manpal Singh Bhogal, psicólogo y docente en la Universidad de Wolverhampton, partió de una pregunta incómoda pero relevante: ¿cómo se enlazan los impulsos evolutivos más básicos con las prácticas de control más actuales? Para responderla, encuestaron a 280 personas en pareja, en su mayoría mujeres jóvenes, y midieron tres cosas:
1. Su nivel de competencia intra-sexual.
2. Su propensión a cometer abuso digital (como revisar chats, controlar amistades o hacerse pasar por su pareja en línea).
3. Sus rasgos de personalidad, usando el modelo de los Big Five.
Los resultados son tan simples como inquietantes. Quienes se sentían más competitivos frente a personas de su mismo sexo —es decir, quienes veían al resto como amenazas potenciales para su relación— eran más propensos a ejercer abuso digital. Y esto se agravaba si además eran personas poco amables: con poca empatía, poco interés en el bienestar del otro, y baja disposición al compromiso emocional.
Lo llamativo, según Bhogal, fue que solo la amabilidad tuvo un peso estadístico fuerte. Ni el neuroticismo (típicamente asociado a celos o inestabilidad emocional), ni la responsabilidad (que suele correlacionar con autocontrol) fueron predictores significativos en el modelo. Solo el rasgo vinculado a la calidez interpersonal parecía marcar una diferencia real.
Esto no es trivial. El estudio sugiere que el abuso digital no es un acto impulsivo o inevitable, sino una conducta estratégicamente orientada: quien teme perder a su pareja frente a un rival, y carece de las herramientas para confiar o negociar, puede recurrir al control digital como táctica de retención.
Desde una perspectiva evolutiva, la explicación encaja. Los comportamientos de vigilancia y control han sido vistos históricamente como estrategias para minimizar la pérdida de la pareja y evitar la infidelidad. Pero lo que antes eran conductas observacionales o límites físicos, hoy se han convertido en tácticas digitales: geolocalización, bloqueo de contactos, y espionaje de redes.
Lo preocupante es lo normalizado que está. En muchos casos, estas prácticas no se reconocen como abuso. Se ven como “celos normales”, “pruebas de amor” o incluso como formas de “cuidar la relación”. En la práctica, son violaciones de la autonomía y la privacidad.
A diferencia de la violencia física o verbal, que suele dejar huellas evidentes, el abuso digital opera de forma más silenciosa. Es difícil de detectar, y aún más difícil de denunciar. Muchas víctimas no lo identifican como abuso hasta que las consecuencias psicológicas —ansiedad, aislamiento, miedo— se hacen visibles.
La investigación de Bhogal y su equipo tiene el mérito de conectar dos niveles de análisis que rara vez se entrelazan: las motivaciones evolutivas profundas (como la rivalidad sexual) y las variables de personalidad que conforman nuestras capacidades relacionales. Es un llamado a que los psicólogos clínicos, de pareja y forenses incluyan estas dimensiones en su evaluación y tratamiento.
También es una advertencia para la intervención preventiva. Hablar de abuso digital no es solo hablar de tecnología, sino de patrones relacionales inseguros y rasgos de personalidad que lo habilitan. Programas de educación emocional, desarrollo de empatía y reconocimiento de señales de abuso podrían ser herramientas efectivas para reducir estos comportamientos.
Aunque el estudio tiene limitaciones —es transversal y con una muestra mayoritariamente femenina— su aporte es claro: el abuso en las relaciones no desaparece con la digitalización. Solo cambia de forma. Hoy, el control no siempre grita. A veces escribe desde otro perfil, revisa el historial de navegación o exige un screenshot como prueba de fidelidad. Y eso, aunque no deje moretones, también lastima.
Referencia: Bhogal, M. S., & Taylor, M. (2024). The Role of Intrasexual Competition and the Big 5 in the Perpetration of Digital Dating Abuse. Evolutionary Psychology.